“Ningún hombre puede cruzar el mismo río dos veces, porque ni el hombre ni el agua serán los mismos”

Heráclito

 

¿Quién soy? ¿Cómo soy? O, mejor dicho, ¿Qué quiero llegar a ser? ¿Cómo quiero llegar a ser? Son preguntas que nos hacemos frecuentemente y en muchas ocasiones la respuesta no nos satisface o incluso no somos capaces de responderla. Lejos de impulsarnos a cambiar, nos chafa la moral, nos acomoda en el sitio y nos quita la energía. La psicología  llama “autosistema” o “autoesquema” a la suma de conceptos sobre uno mismo, tanto positivos como negativos. Y el resultado sería nuestra identidad o sí mismo. Sin embargo, lejos de ser nuestra seña, un escudo ante los ataques que la vida nos puede lanzar. Transformamos la identidad en una máscara tras la que ocultarnos y que cada vez es más complicado quitarse.

En este artículo voy a tratar la paradoja griega clásica del barco de Teseo (existe también el planteamiento de Locke sobre sus calcetines, pero por antigüedad e higiene prefiero el barco del héroe ateniense). Si te fijas en la marca de agua del artículo se trata de los símbolos de psique y soma, pues no solo voy a abordar el tema desde la psicología sino también relacionándolo con nuestra biología, concretamente en el ámbito de la regeneración celular. Aquí te explico un poco más sobre esto.

¿Es posible que la regeneración de tus células sea el problema de identidad que la humanidad se ha cuestionado a lo largo de su historia?

La paradoja del barco de Teseo

 

Os pongo en situación, tras matar al minotauro (otro mito del que hablaremos más adelante) Teseo vuelve a Atenas en su barco. No en un barco cualquiera, el barco de Teseo perteneció a su padre, el rey Egeo. Este barco fue conservado durante muchos años de la siguiente manera: cada vez que una pieza se deterioraba era cambiada por una nueva que fuera exactamente igual a la que se cambiaba.

Imaginamos que Teseo en algún momento tiene que realizar un viaje largo, en esa época podría durar años. Siendo necesario ir cambiando piezas durante el trayecto. Cada madera, clavo, cuerda, tela, todo tipo de pieza ha sido remplazada por su desgaste durante el trayecto. Así el barco seguiría navegando constantemente y llegaría un momento en el que todas las piezas han sido cambiadas.

Al llegar al puerto y amarrar el barco algún filósofo que paseaba por el puerto se percató que el barco de Teseo lucía igual, pero completamente nuevo y se planteó la siguiente paradoja:

Si todas y cada una de las piezas han sido cambiadas ¿es el mismo barco que zarpó o es otro?

 

La edad de nuestro cuerpo (o tus células)

 

Si tuvieras que entrar en una discoteca, a tu intestino le pediría en carnet.

Esto se debe a que la edad que tienes y la que tiene tu cuerpo son diferentes y siento decirte que él es más joven…

Los estudios llevados a cabo por Jonas Frísen y Kirsty Spalding y su equipo en el Karolinska Institute en Estocolmo nos desvelaron que es posible medir la edad del cuerpo humano según las células que intervienen en cada órgano o sistema. Los ensayos nucleares durante las décadas de los 50-60 liberaron una gran cantidad del isotopo 14 de carbono a la atmosfera y sabemos que lo que sucede en la naturaleza nos afecta. Por supuesto, estos altos niveles acabaron en nuestro organismo. Así que en los estudios usaron este isotopo del carbono presente en el ADN de cada célula para medir su edad. Así esta prueba del Carbono14, propia de la arqueología, dejó de ser solo para dinosaurios y vasijas viejas.

Ya tenemos la paradoja de Teseo y las células ¿y la identidad?

 

¿Somos el mismo barco?

 

Si tu respuesta ha sido un sí o un no rotundo, tienes un dilema de identidad. Si la respuesta no la tienes tan clara es porque ya andas por el camino de la filosofía y respondes preguntas con más preguntas. Calma, no eres el único, esto ha sido recurrente durante mucho tiempo en la historia de la filosofía.

Aristóteles sobre este dilema propuso una solución basada en cuatro “causas”:

La causa material: Si el barco sigue manteniendo el material inicial, es decir, que no sea reconstruido con piezas de otro material, se puede considerar el mismo objeto.

¿Y cuándo necesitamos de un implante artificial?

La causa formal: Si el barco mantiene su diseño formal, es decir, se sigue viendo de la misma forma.

¿Y cuándo (nunca mejor dicho) nos ponemos en forma y sustituimos y agrandamos las fibras de nuestros músculos?

La causa eficiente: Si los métodos y herramientas empleados en la reparación y reemplazo de las piezas del barco son los mismos previamente acordados, el barco sigue siendo el mismo.

Aquí me gustaría pararme pues merece la pena considerar a nuestro cerebro y sus células como unos planos y herramientas definidas que no cambian. Hasta hace unos años podríamos aceptar esta causa sin objeciones, pero gracias al desarrollo de estudios realizados en el campo de la neurobiología hemos descubierto que en efecto existe una neurogénesis y las células cerebrales sí son renovadas. Por supuesto no al mismo ritmo ni con la misma facilidad que otras células de nuestro cuerpo. De hecho, hay algunas en específico que nunca cambiarán.

¿Se trataría nuestro cerebro de nuestra causa eficiente?

La causa final: La finalidad del barco. Si es capaz de llevar a Teseo y su tripulación a salvo hasta el puerto de Atenas, su fin se mantiene y afirmamos que es el mismo barco, aunque se reconstruya.

¿Podemos definir nuestra finalidad vital tan fácilmente a la del barco? ¿Alguien puede reconocer que hace cinco, diez o más años consideraba que su finalidad, su propósito era el mismo que en este preciso momento?

 

Liando la paradoja aún más

 

La paradoja de Teseo no queda solo ahí y nos propone aún darle una vuelta:

Si guardamos las piezas antiguas que vamos reponiendo y las usamos para construir otro barco ¿qué barco sería el original? Para nuestro descanso no es posible mantener nuestras células y reconstruirnos (pero ¿y los órganos que trasplantamos?🤔).

El barco tendría limitaciones de material, pues aunque lo acompañarán diferentes barcos con piezas de repuestos y herramientas, en algún momento durante el viaje se les agotaría. De la misma manera durante nuestro “viaje” vital podemos afirmar que, según la evidencia científica sobre los telómeros, la regeneración y renovación de nuestras células también es limitada. Su máximo rendimiento dependerá de nuestros hábitos de vida (los marineros del barco y cómo los guía su capitán). Aquí tenéis un artículo de Marcos Vázquez si queréis profundizar en el tema.

 

La nave de treinta remos en que con los mancebos navegó Teseo, y volvió salvo, la conservaron los Atenienses hasta la edad de Demetrio Falereo, quitando la madera gastada y poniendo y entretejiendo madera nueva; de manera que esto dio materia a los filósofos para el argumento que llaman aumentativo […] tomando por ejemplo esta nave, y probando unos que era la misma, y otros que no lo era. (Texto original de Plauto en Vidas Paralelas I – XXIII)
El cuerpo de millones de células con los órganos y tejidos funcionamos, y nos mantenemos sanos, es conservado hasta la nuestra muerte, quitando las células gastadas y regenerando nuevas; de manera que nos ha dado materia para un artículo, tomando por ejemplo tu cuerpo, y probando que eres el mismo y a la vez no lo eres. (Mi versión actualizada 😆)

 

 Construyéndonos y reparándonos a nosotros mismos

 

Nos concebimos como un autorretrato o puzle que pieza a pieza forman las características que llamamos personalidad.

Construimos nuestra falsa identidad con capas

“Los múltiples” Instalación fotográfica de María Platero

Nos construimos con el paso del tiempo y cuando nos encontramos con un suceso o información nueva intentamos comprenderlos desde esta estructura. Por eso, lejos de parecer barcos, la idea del artículo es que no nos veamos simplemente como una suma de “piezas” que se regeneran y reconstruyen cuando es preciso. Somos seres completos que cuando lo necesitamos reparamos las piezas físicas o emocionales deterioradas por unas nuevas que nos permiten seguir navegando. Para eso es fundamental también que todos seamos Teseo. Héroes y heroínas que dirijan el barco y a todos sus marineros.

Podemos investigar y comprender sobre nuestras células y anatomía a niveles increíbles. Pero, si zarpamos al mar abierto que es la vida, sin un capitán al mando del timón que dirija a todos los navegantes y marineros estamos abocados a navegar sin rumbo, pérdidos y donde otros quieran dirigirnos.

Por eso es preciso tener al mando del timón y dirigiendo a todos sus navegantes y marineros a un capitán heroico con sus virtudes y defectos. Que sepa aprovechar las mareas favorables y aprenda cuando vienen en contra. Solo así merecerá la pena que nuestras piezas celulares se regeneren permitiéndonos navegar por mucho tiempo. Y que el viaje merezca la pena.

 

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